viernes, 11 de enero de 2013

CAPÍTULO 3: DE LOS PERROS Y CABALLOS DEL BARÓN

En mis circunstancias difíciles, cuando triunfé felizmente, y siempre con peligro de la vida, teniendo ánimos pude superar tantos obstáculos. 

No querría hablaros de mis caballerizas, de mis perreras, ni de mis salas de armas; pero no puedo hablaros de dos de mis perros que estuvieron a mi servicio, que no los olvidaré jamás.

Uno era perdiguero, era infatigable, inteligente y discreto, así que todo el mundo me envidiaba. Me servía igual de día que de noche: De noche le ataba  al rabo una linterna, y de este modo cazaba mejor de noche que de día. 

Un poco después de casarme, mi esposa quería venir a una caza. 

Yo levanté una pieza, y de pronto vi a mi perro detenido ante una bandada de centenares de perdices. Yo esperé a mi esposa, que venía en zaga con mi teniente y un criado, y la esperé mucho tiempo pero nadie aparecía. En fin, ya no podí a esperar más, volví a desandar mis pasos, y cuando estuve a la mitad del camino, oí gemidos lastimeros, que parecían venir de muy cerca; pero no había nadie. Puse la oreja en el suelo y me di cuenta de que los gemidos eran subterráneos distinguí la voz de mi esposa, de mi teniente y de mi criado. Vi que no lejos de donde estaba había un pozo, no dudé ni por un momento en bajar y buscar a los mineros, cuando los encontré no dudaron en ir a buscarlos. Lograron sacar los del pozo, primero subieron al criado y su caballo; después al teniente, y por último a mi esposa y su yegua. Lo más curioso del caso fue que, a pesar de tan espantosa caída, nadie, ni personas ni animales, recibió daño, fuera de algunas contusiones; pero todos estaba aterrorizados. Como podéis imaginar, no había ya que pensar en la partida de caza, y si, habéis olvidado a mi perro, ee... yo también lo he olvidado, después de tan terrible acontecimiento. Cuando regresé, pregunté por mi Diana. Nadie había cuidado de ella: Mis criados creyeron que me había seguido. De pronto me encuentro a mi perra inmóvil en el mismo sitio que la había dejado hace cinco días. Algunos días de reposo bastaron para que volviera a estar bien. Un día me di cuenta de que la perra estaba preñada y por eso no podía correr tan rápido como antes, de repente oí ladridos y, es que, ¡La perra había parido a nada más ni nada menos que  siete perros. Este acontecimiento me granjeó el favor de las damas, y especialmente del conde, el cual me rogó, con su habitual cortesía, que tuviera bien aceptar un potro, para que me condujera a la victoria en la próxima campaña contra los turcos que iba a abrirse a las órdenes del conde Munich.